Ayer estuve con una amiga y su hijo de dos años en una iglesia que hay cerca de su casa dedicada a la Virgen del Carmen. Teníamos intención de rezar el rosario, por aquello de que estamos en mayo. Nos quedamos en un pequeño patio, con una imagen de la Virgen y el rezo se convirtió en un auténtico partido de fútbol. Ya me lo temía cuando vi que al salir el niño se agarraba a sus dos pelotas -una amarilla y otra roja-, a las que técnicamente llamaba "peeelas" y mis temores se confirmaron. El primer misterio aguantó bien, pero al segundo, sentado en su carro, comenzó a lanzar pelotas y a reclamarlas al instante con su voz chillona "peeelas, peelas"; parecía que estábamos pidiendo limosna. Fue un rosario deportivo, más que penitente, porque las dos nos pasamos recogiendo pelotas, que el niño lanzaba sin piedad a los segundos de devolvérselas. ¡Qué distinto a aquéllos que rezábamos apaciblemente en forma de Romería!, decíamos las dos, pero no había otra posibilidad. Para consolarme me aseguraba continuamente, "que yo estoy muy concentrada" y la verdad es que creo que sí, que la Virgen escuchó nuestras peticiones, aunque a mí siguen sin pagarme en uno de los trabajos y la cuenta corriente se me acerca al límite. Igual es una señal de que debo cambiar el periodismo por el fútbol...




