jueves, 29 de noviembre de 2007

El camarote de los hermanos Marx

La vida, muchas veces, supera a la ficción. Lo pienso con cierta frecuencia. Lo de las comedias de enredo es una broma comparado con las sorpresas que te puede deparar la vida. Ayer por ejemplo recordé la genial escena de El camarote de los hermanos Marx.



Salía de mi casa para ir al trabajo, cogí el ascensor para bajar al garaje y -no me pregunten cómo porque todavía no lo sé- me encontré encerrada entre la puerta de acceso a la escalera y la del garaje, en una especie de rellano donde, entre otras cosas, se deja la basura. Ya había pasado otras veces así que lo primero que hice es acudir a la corte celestial para que apareciera alguien. Y apareció, o mejor dicho, aparecieron: la portera y un sacerdote del Opus Dei que iba al centro -es decir, a mi casa- para celebrar la Misa. En realidad su presencia era superflua -en aquellos momentos y para mis intereses más inmediatos que eran salir de la encerrona- porque los dos habían hecho lo mismo que yo, es decir, quedarse encerrados. Ya estábamos tres... y las bolsas de basura, en animada conversación (las personas, no los residuos). Empecé a recordar las películas de acción que había visto: ¿cómo saldría James Bond de ésta? ¿qué hizo Jodie Foster en La habitación del pánico? Mi mente permanecía abotargada; es que era muy temprano... Hasta que, por fin, apareció un vecino con una gran bolsa de basura. Los tres empezamos a gritar ¡¡¡¡no cierre!!!, por unos segundos pensé que uno -y una- más en aquel zulo y moriríamos asfixiados sin remedio, pero no: gracias a Dios, el vecino, con una ágil maniobra -¿sería James Bond?- consiguió agarrar la puerta y salimos. Esta vez hubo final feliz pero -a esta conclusión llegamos en la tertulia cuando conté mi hazaña- como no se arregle el mecanismo cualquier día lloraremos una desgracia.

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